Doradas otoñales al calor del corazón de fuego

Una afición tan pasional como es la pesca, va de la mano de un corazón de fuego, un volcán. Es algo que siempre está encendido, malo sería si se llega a apagar hasta el núcleo. Estando el corazón helado por los sentimientos te queda salir a pescar y sentir un calor que te hace comprobar que tienes fuerza pasional, lo vives a instantes, a cuenta gotas, y se vuelve a dormir. ¿Y cuando el corazón no está helado? La pasión desborda, desde el punto más remoto del interior hasta a flor de piel, se siente el calor de la pasión, no se vive a cuenta gotas, sino directamente se vive continuamente. Lo que más valoro e importancia doy es a esto, a lo que realmente me hace disfrutar intensamente de la afición de la pesca. Y no es la pesca en si. La vida me ha enseñado como se puede vivir distintamente una pasión.
En esta ocasión en compañía de Samu intentaríamos buscar alguna dorada otoñal. La noche anterior me noté con algo de mucosidad, sin tener la nariz atrancada ni oídos bloqueados pero si que no me encontraba fino. No obstante la zona elegida sería una pesca a poca agua. Podría intentarlo, movido por una pasión descomunal. Llegados el punto de tener oídos bloqueados saldría del agua, pero tenía claro que quería intentarlo. Samu llegó al destino antes que yo y me adelantó que el agua en superficie estaba algo clara pero abajo se notaba turbia, así que directamente pensé en usar el 60, el más corto que tengo. Allí cuando enturbia el agua se masca las tinieblas.

Aprovechamos esta ocasión para enseñar a Samu exactamente en que punto (piedra) tiene que entrar para realizar la técnica que en otra ocasión le enseñé. Y efectivamente lo hace todo casi perfecto, faltó que se inclinase sobre su costado izquierdo pues de esta manera el brazo derecho queda arriba y tendrá más amplitud de movimiento en aso necesario. Esta vez pudo comprobar el banco de sargos que por estas fechas se puede encontrar uno allí y logra la primera pieza del día. Al entrar al agua verifico que el fusil a usar era el 60, sin duda alguna. Samu sale del agua para cambiar también su 90 y coger el corto. Voy haciendo bajada viendo solo sargos, e intento coger uno de ellos pero sin mucho entusiasmo lo que se traduce en fallo. La pesca entre ambos se traduce en un movimiento sincronizado, siguiendo el mismo protocolo, uno baja el otro queda arriba recuperando, cuando sube uno nos buscamos en la mirada, dando paso al descenso del otro, así contínuamente. En una de estos cambios noto la mirada diferente de Samu y al salir del agua me indica que ha tenido una dorada al alcance pero no ha podido dispararle, me indica que se ha enrocado, colocándose él en la vertical para así no perder la ubicación.Al descender me desvío un poco hacia la izquierda y un poco más abajo, pues me da la corazonada un boquete, es uno con otro y muchos de ellos comunicados entre ellos. Enciendo la linterna pero antes de dirigirla hacia el boquete aprecio un lomo. Efectivamente esá ahí la dorada, apago la linterna, pues ese boquete es profundo y gira, de tal manera que si se va para allá la dorada asustada por la luz no podré ni con el 60. Está girando sobre ella misma, espero a que me de un tiro seguro sobre el lateral. Tiro sencillo y logro la primera captura, una dorada. Que bueno poder pescar una dorada en pescasubmarina en pleno otoño.
Seguimos con nuestra peculiar forma de pescar, Samu sigue sumando sargos a su pasador y yo sin lograr concentrarme en ellos, por lo que cuando intento su captura sigo fallando. Las molestias en el pómulo izquierdo al iniciar el descenso sigue aumentando en cada bajada, hasta el punto que hasta que no pasan unos segundos en el fondo no es posible que disminuya, por tanto una fase de la apnea la dedicaba a controlar esas sensaciones, una vez que la molestia se adaptaba, entonces lograba centrarme en la apnea y espera/acecho. Al ascender buscaba con los soplidos de la nariz se moviese la mucosidad y me dejase un rato más. En una bajada una vez acomodada la molestia del pómulo inicio un acecho por el fondo, visualizo el lomo de un pescado en un boquete, otra dorada enrocada, esta vez ni enciendo la linterna, espero a una distancia prudencial en la vertical del boquete, la dorada se que está ahí aunque ahora no se viese. estará moviéndose y fijo que asomará el ocico. Efectivamente esperando ese momento, visualizo una franja dorada, aprecio su boca y sin mas intento un tiro de arriba hacia abajo, logrando capturar una segunda dorada. Continúo un tramo más e indico a Samu que aproveche la luz que aun queda que yo tengo que salir del agua. Quedamos en vernos en el punto de entrada al agua y allí plácidamente espero disfrutando de la paz del agua.